lunes, 28 de mayo de 2012


No me acuerdo bien cuentas cosas nos dijimos esa tarde, supongo que entraban contadas en los dedos de una mano. No hacia falta hablar, porque sentíamos, y los dos, lo mismo.
Sonaba música tranquila, y aunque el volumen no llegaba a molestar, a mi me mataba, la sentía cada vez mas fuerte, y opacaba su voz (o su mirada). Estaba hasta en el aire, la necesidad de vernos en acción, con la respiración agitada, y sonriendo de placer. Me senté arriba suyo, y lo mire.

Que lejos estábamos, yo tan cerca de tu cuerpo, y separada de sus sentimientos, esos que alguna vez, creí querer. Como se sentían tantas quebraduras en nosotros, y como dolía. Que necesidad incontenible de decirte que no iba a ser la ultima vez si él quería. 
Era sábado, era frio, y era gris. Aprendimos a callarnos esa tarde, y a mirarnos mas. Sus ojos, como nunca antes, penetraron a los míos, con fuerza. No hablamos, la música se corto, y no lo notamos. Hablaban las miradas esta vez. Mi pecho, casi en tu boca, y empezó a sentirse en calor.

Nos desvestimos, esa tarde, ese sábado. Callados, y sin dejar de mirarnos. Sus manos me frotaron la espalda, y bajaron. Yo lo agarre de las mejillas, lo apreté, y lo bese, con bronca, con dolor. La atracción, casi tramposa, nos llevó a rencontrarnos otra vez. Volver a sentir su piel, olerlo, tocarlo, acariciarle el pelo, verlo dormir. Tan adentro mio, y tan ajeno.

Dos horas, y sin palabras, nos dijimos todo lo que teníamos guardado. Hablaron las miradas, y los cuerpos, casi por inercia, actuaron. Apoyo mi cabeza en su pecho, y sin pedir permiso. Por primera vez, en toda la tarde, nuestras miradas se desconectaron. El apoyo una mano en mi espalda, y con la otra, prendió un cigarro, largo el humo, y miro el techo.

Un ‘¿Estas bien?’, rompió el silencio, y aturdió. ‘Si’ conteste. Paso mucho tiempo ya, su piel, tiene historia, su cuerpo lo revela.
Sin razón, otra vez, estaba acostada con el ladrón de mis sueños. A mis proyectos, los hizo suyos, les puso su nombre, al igual que a mi cuerpo. Todo lugar y destino, tienen algo que me hace pensarlo, vivirlo, llorarlo, recordarlo. Soy una mujer vacía, queriendo rellenar huecos, dolorosamente profundos, tapando cada herida, con una más grande, y negándome al amor. Cuidándome el corazón, protegiéndome de cualquier persona que quiera, con caricias, complacerme. Soy otra mujer, la que hoy, con los mismos ojos de ayer, lo mira. Soy una mujer, incompleta y herida, soy esto, lo mucho o poco que puede ver. Esto, que él dejo tirado. En esto me convirtió.

Me levanto, me cambio, y le agradezco por cuidarme. Se termino. Bajamos juntos, subimos al auto, y tres cuadras después, me bajo. Antes de abrir la puerta, vuelvo a mirarlo. Sonrío. Podría pedirle de vernos otra vez, pero no, ya no quiero atarme más a sus deseos. Me abraza, fuerte, y agradece que haya querido verlo ‘a pesar de todo’. Cierro la puerta, agacha la cabeza, y por la ventanilla baja pide que me ‘cuide mucho’, ‘vos también’ retruco, y aceleró.

Seguramente, los sentimientos a los que yo, ya creía haber enterrado, nunca se habían muerto, y esa tarde, se hicieron notar. Ahora, yo, esperaba un colectivo que me acerque a mi casa, y el sol, testigo, se escondía.

Que nadie se entere, que nadie nos vio. Algo quedo claro esta tarde: el amor que nos tenemos, por más doloroso, y perturbador que sea, es inmenso.

Dos horas tocándome, y te vas. Volvemos a ser dos desconocidos, y una vez más, te llevas lo que queda sano de mi alma.