jueves, 3 de mayo de 2012


Nos sentamos en el mismo banco. Entre el árbol grande, y el arbusto, el mismo lugar, desde hace dos años. Nos miramos a los ojos, pero ya no sonreímos, ni miramos los arboles, ni comimos. No nos rodeaba lo que antes nos gustaba, ahora era rutina. En cada rincón, en cada agujero. Fue culpa nuestra, porque quizás, si nos hubiésemos sentado en otro banco, o en otra plaza, habríamos cambiando de paisaje y así, no acostumbrarnos. Porque lo único que cambiaba de esa plaza, y de ese banco, era la locura del clima. Si salía el sol, y se reflejaba en tus ojos, o si estaba nublado y todo se veía oscuro. O si llovía, o si hacia frio y me abrazabas. Pero siempre lo mismo. Hojas en el piso en el otoño, y nenes corriendo y andando en bicicleta en el verano.

Y fue un día que yo quise cambiar. Sentarme en el piso, y mirarte desde abajo. Y frunciste la cara, ‘de eso tenemos que hablar’. Yo sabia de que hablabas. Y yo también quería lo mismo que vos. Si en algún momento quise cambiar las cosas, ya era tarde. El tiempo paso, y nunca hicimos nada al respecto, dejamos que las cosas se congelen. Me hablaste serio, y decidido, y entre líneas me culpaste a mí de que hayamos llegado a ese punto. ‘No me voy a hacer cargo de algo que hicimos los dos’ fue mi respuesta y me fui. Y llore, todo el camino a casa. No podía entender que esa había sido la ultima vez que iba a verte desde cerca, y que quizás, si la culpa fue mía, por querer cambiar las cosas, y sentarme en el piso.

Pero la culpa fue de los dos, y del tiempo. Ahora lo entiendo. Varios meses después. Las cosas se fueron congelando. Empezamos a esquivarnos con las miradas, porque ya no transmitían nada. Yo, que siempre encontré soluciones en sus ojos, ahora no me generaban nada, ni preguntas, ni respuestas, ni paz. Nada. Después dejamos de tocarnos, y si lo hacíamos, era de memoria. Cada rincón de mi cuerpo lo conocía, y había experimentado con el, todo lo que se podía. Y sin las miradas, y sin el contacto, se borraron las sonrisas. No había de que reír, por que nada era gracioso. Y después dejamos de hablar. Porque nada de lo que decíamos tenia sentido. Porque ya nos lo habíamos preguntado todo. Se hicieron humo los besos, y los abrazos, parecía que nos cobraban por cada muestra de cariño. A veces, casi sin querer, nuestras miradas se cruzaban, en algún rincón, en alguna situación. Pero no decían nada. No eran nada, solo bajábamos la vista. Todo alrededor nuestro era frio, y sin sentido. Evitábamos tocarnos, y si lo hacíamos, entre líneas suplicábamos ‘no me toques, me vas a congelar’, sin saber que nuestros propios cuerpos estaban congelados desde hacia tiempo. Terminamos concluyendo en un ‘Hola, ¿Como estas?’ Frio, y seco.

En dos años, nunca cambiaron las cosas, no hicimos nada para que eso pase, y cuando quise cambiar, ya era tarde.

Me dio miedo dejarte ir, separarme. Pero arme las valijas, y te guarde entre mis recuerdos. Fue un proceso paulatino, y doloroso. Estabas saliendo de mi cuerpo, capaz, porque ya no me necesitabas, o porque mi cuerpo te rechazaba. Y tenes razón si me decís que lo que hoy soy, es gracias a vos.

Hoy te llamo, te hablo, y vuelvo a reírme escuchando tu voz ¿De cuantos meses hablamos, cuando hablamos de separación? Parecieran años. Cuanto cambiamos, y que maduros se nos ve. Me preguntas de mi familia, te digo que muchas cosas cambiaron ‘como nosotros’ decís. Y me desarmas. Me preguntas si estoy ocupada, ahora, que te gustaría verme. Y corro al ropero a ver que me pongo. Voy a verlo, otra vez. Volver a empezar. No me molesta equivocarme de nuevo ¿Sabes? Porque estaría equivocándome con vos. Un suplica: ‘Hagamos que esta vez valga la pena