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jueves, 21 de febrero de 2013


Mi primer desayuno siempre fue el malhumor. Unas inocultables ganas de volver a la cama, y un resentimiento a la rutina. El café con leche, las tostadas con queso, los cereales, y la perra festejando que (al fin) me levanto. Mis mañanas hablan de rutina, a veces corriendo porque llego tarde a algún lado, y a veces se extienden hasta el mediodía, leyendo revistas y mirando la televisión. Es poco más de una hora que no se escucha mi voz, una especie de ‘adaptación’ al mundo de los que ya se levantaron hace rato. Durante los siete días de la semana, así son mis mañanas. Cambia la imagen de la ventana, si llueve o sale el sol, o si es otoño, y el árbol se quedó sin hojas.

Y como siempre, en mi vida, los cambios son brutos, en un sacudón. Entonces esperando  a que mis primeras horas del día sean como hace 18 años, él me abrazo. Había dormido conmigo la noche anterior, y me estaba levantando viéndolo desperezarse. Ese día no mire la ventana, ni me levante con el estómago pegado en la espalda, porque él estaba al lado mío, mirándome. Y por primera vez, esa mañana, bien temprano, sonreí.

...

Por cosas simples como estas, es que necesito tener el botón que retrocede el tiempo.

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